Aunque puede remontarse a las primeras publicaciones costumbristas del siglo XIX, en las cuales figuraban plumas como la de Felipe Pardo y Aliaga, la crítica teatral se consolida con la modernización del teatro peruano en las décadas de 1940 y 1950. Durante este período aparecen agrupaciones teatrales que renovaron el repertorio de las temporadas limeñas. Así, inicia sus actividades la primera escuela de formación teatral (Escuela Nacional de Arte Escénico).
Surge el interés del Estado por fomentar las actividades escénicas con la creación de un elenco oficial y los premios nacionales de teatro. Emerge una generación de autores importantes (Juan Ríos, Sebastián Salazar Bondy, Bernardo Roca Rey), se realizan masivas jornadas de difusión y se forma paulatinamente un público que abarrota las salas. Como consecuencia natural, la prensa escrita ofrece amplios espacios para el comentario de los espectáculos en temporada.
En ese contexto, críticos como Sebastián Salazar Bondy y José Miguel Oviedo (para mencionar a dos de los más prestigiosos) fueron dejándonos testimonio de una de las épocas más brillantes de nuestra escena nacional. La crítica teatral –y la crítica de arte en general– adquirió legitimidad y credibilidad.
Dos figuras fundacionales
Años después, en 1958, aparecería el crítico más importante en la historia del teatro peruano: Alfonso La Torre (Alat). La agudeza y racionalidad de sus notas lo convirtieron definitivamente en un punto de referencia importante hasta los últimos años de su vida.
Su estilo era casi incomprensible para el promedio de nuestros actores y directores, objeción a la que él replicaba que era obligación de los teatristas dominar el metalenguaje de su oficio. Aun cuando su formación fue empírica, como la de todos los que desarrollamos esta actividad, resalta el gran bagaje de información histórica y teórica con que estaba familiarizado.
Aunque casi solitaria, la presencia de Alfonso La Torre contribuyó a que la crítica teatral tuviera mayor legitimidad. Su autoridad intelectual lo convirtió en controvertido, temido y admirado por todos.
En ese camino, hacia finales de la década de 1970, otro crítico importante empieza a cobrar importancia, Hugo Salazar del Alcázar. Muy joven aún, y a diferencia de Alat, se relacionó de manera directa con las agrupaciones teatrales que surgieron en esos años, como Yuyachkani o Cuatrotablas. Hasta cierto punto se convirtió en un “compañero de ruta” de estas agrupaciones.
Más allá de la agudeza de sus apreciaciones, la presencia de Salazar replanteó radicalmente las relaciones entre el crítico y el artista. Fue el impulsor de la primera mesa de crítica en la edición de la Muestra Nacional de Teatro realizada en 1988, en Andahuaylas. En dicho evento, por primera vez los críticos vertían sus apreciaciones frente a los directores y actores, escuchando sus réplicas y debatiendo con ellos. Esta experiencia y ese nuevo tipo de relación han servido a quienes iniciábamos nuestra labor por esos años.
Al igual que en el caso de La Torre, Salazar hacía gala de un estilo muy rebuscado, críptico, incluso en algunos casos innecesariamente alambicado, pero a pese a ello demostraba mucha agudeza en el análisis y la interpretación. Algo digno de destacar en él era su capacidad de trabajo, la cantidad de artículos y ensayos que elaboraba con tal rapidez, lo cual podía ser agobiante para cualquier editor.
Si en algún momento la crítica teatral estuvo a punto de alcanzar cierto profesionalismo fue con Hugo Salazar. Su repentina muerte en 1996 (a los 42 años) truncó un proceso muy interesante en su desarrollo intelectual. Durante los últimos cinco años de su vida había consolidado una formación teórica muy especializada, con la cual quería proyectar su actividad intelectual hacia la investigación teatral en aspectos como la historiografía, por ejemplo.
Sus relaciones con centros de estudios del exterior, sus escritos en publicaciones académicas y su labor docente fueron factores importantes que nos hacen pensar que Salazar del Alcázar estaba dando el gran salto cualitativo de la crítica teatral periodística a la académica, meta a que aspiramos.
Recambios generacionales
Una nueva generación de críticos asoma en estos tiempos. Sumándose a quienes realizamos esta labor (Luis Paredes y quien suscribe, entre otros), aparecen nombres como los de Percy Encinas, Daisy Sánchez y Sergio Velarde. Ellos poseen una gran ventaja: las bondades que ofrecen los medios electrónicos.
La información inmediata desde cualquier lado del mundo y la posibilidad de crear incluso sus propias revistas virtuales en las cuales escribir (Tiempoescena, por ejemplo) potencian significativamente esa posibilidad que se truncó con la muerte de Salazar del Alcázar.
No queda más que sumarse a la corriente para que, en conjunto, recuperemos una legitimidad aparentemente perdida en el medio cultural y periodístico.
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