En la línea demarcatoria subyacente en un ya viejo debate –sobre la literatura criolla, hispanizante, y la “nacional”– que viene de la década de 1930, años éstos del surgimiento del indigenismo y del rol de primera línea que jugase la revista Amauta de José Carlos Mariátegui; que se encuentra en la década de 1950-1960 en las discusiones entre “puros”y “sociales”; y que reaparece tanto en las proyecciones controvertidas de la crítica vargasllosiana al indigenismo en la obra de José María Arguedas, en La utopía arcaica como en el Primer Congreso de Escritores Peruanos en Madrid, se hallan las cuestiones de hegemonía [1] vinculadas a formaciones culturales complejas como la peruana, que surge de la fractura histórico-simbólica de la Conquista española.
Tal parece que para ciertos escritores y críticos señalar de manera determinista el carácter superestructural de la literatura (que no niego, puede ser importante para el estudio sociológico de la literatura como proceso) o, asimismo, decir verdades de perogrullo sobre la riqueza y pluralidad de la literatura peruana actual (que indiscutiblemente se manifiesta en las numerosas publicaciones de novelas y cuentos), los eximiesen de formular propuestas teóricas claras que permitan dar cuenta de la problemática actual de dicha producción literaria. La situación frente a ésta, sobre todo en la que se edita a partir de la década de 1980 (dentro del país y fuera), es la de una casi inexistencia de la crítica, o de su lamentable estado, como lo refleja el debate tendencioso entre “hegemónicos” y “andinos”.
La crítica no es sólo una cuestión de aproximación sensitiva o intuitiva a los textos literarios, sino que requiere del desarrollo de la teoría. Por esto, aplicando, en forma aproximativa, una especie de “teoría de las excepciones”, me ocupo aquí de la modernidad de Arguedas, hago un recorrido suscinto de lo que hizo posible la obra del irlandés James Joyce, y señalo que en la resolución verbal o estilística de ambos autores hay algo de excepcional, algo de liberador –en relación con el medio social y a los cánones impuestos–, como en todo gran escritor.
Modernidad de José María Arguedas
Una novela como Los ríos profundos, no menos que las de los autores del boom y del post–boom –más allá de ciertos mitos como el de su ignorancia de las técnicas narrativas (o también del monolingüismo de su autor)–, se halla anclada, como lo sostiene Roland Forgues [2], en la modernidad literaria. Arguedas tiene plena consciencia de los recursos formales que emplea: de las técnicas cinematográficas a las que se recurre en Manhattan transfer de Dos Passos; las descripciones y caracterización de los personajes en Las palmeras salvajes de William Faulkner; la renovación de la lengua en la obra de Joyce y la práctica de la introspección en Proust. Que recurra “al flash–back, al monólogo interior, al soliloquio, a los juegos espacio–temporales, a la cuidadosa selección y uso de distintos registros del lenguaje, al desplazamiento y variabilidad de los distintos puntos de vista narrativos” genera en dicha novela “la memoria del pasado en que se sustenta el relato se reactualiza en un presente proyectado en un futuro que encarna la utopía arguediana...” [3].
A través de la invención de un nuevo lenguaje literario, en la obra de Arguedas se pone de manifiesto su carácter revolucionario respecto a toda la “literatura indigenista” anterior.
Arguedas –en su exigencia artística de verdad e inteligibilidad– enfrenta su situación bilingüe y de manera angustiosa [4] plantea la cuestión de la lengua [5] en que deben expresarse los indios en la
literatura [6]; cuestión que deviene un problema de estilo para dar cuenta del drama de su mundo dividido y complejo –el de la “dualidad trágica de lo indio y lo español” (Arguedas)– donde el elemento central sigue siendo la realidad indígena. Éste es el problema de la “novela realista”.
A nivel de la ficción literaria, crea para los indios “un lenguaje especial sobre el fundamento de las palabras castellanas incorporadas al quechua y el esencial castellano que alcanzan a saber algunos indios en las aldeas” [7]. A nivel del lenguaje literario, fundamentalmente, se pone de manifiesto el imperativo estético, creativo, que legitima esta ficción narrativa.
Joyce’s work in progress
La literatura es un acto de fe formidable en el poder de las palabras. En la búsqueda de la identidad y de los orígenes no escribimos sobre un tema (libertad, amor, odio), sino que, work in progress, la obra literaria –cuando es realmente revolucionaria– constituye ese algo en sí misma. Jorge Luis Borges ha señalado que “el nacionalismo y la literatura son enemigos naturales”. Hablar de la obra de James Joyce, por mencionar sólo el Ulises y Finnegans wake, no es posible sin señalar cómo el artista –y es el caso, en otra latitud del planeta, de Arguedas también– se ha visto confrontado a las presiones de su medio, lo cual ha implicado el rechazo
de todos los obstáculos ligados a la familia, la tierra de nacimiento y la religión [8].
El artista ha hecho uso de las armas que le son propias –silence, exile and cunning (Joyce)– para devenir invisible e indiferente, como el Dios de la creación. En Finnegans Wake se ha esforzado “de cerner le rapport de Psyché individuelle à l’histoire de l’humanité” [9]. Si bien en toda su obra Joyce se ocupa de Irlanda, al mismo tiempo ejerce una vigilancia crítica sobre su propia creación literaria. Escogió el exilio, la literatura, para liberarse de esas “redes”que son la nacionalidad, la lengua, la religión. Impulsado por sus alas de pluma y de cera, Stephen Dedalus pudo, entonces, con toda libertad, hablar de su objeto de amor y de odio. Sin renegar para nada de su herencia cultural, Joyce creo así un lenguaje literario, universal, difícil y sabio, ciertamente, pero adecuado para esclarecer a los lectores el misterio de la naturaleza humana.
Finnegans Wake es el lenguaje y la escritura de la noche en el sueño. Con esta obra Joyce introduce una relación de sentido permanente de una lengua (el inglés) a las otras lenguas, de un enunciado a múltiples enunciados. Se trata de toda una demo–grafía, situación comparable –según Philippe Sollers– a aquella de Dante en el siglo XIV.
Dante percibe e inscribe no sólo un basculement económico-político profundo (la irrupción del capitalismo), sino también la transferencia de lengua a lengua: del latín al italiano.
Seis siglos después, Joyce traza los límites de toda lengua nacional, materna. “La lengua nacional, materna, no se sueña, ella hace soñar a un sujeto. Pero el sueño de una lengua puede ser el estado de vela de una otra y, cuando es de noche en una latitud, puede ser de día en otra” [10]. Realidad y sueño en toda esta problemática de las lenguas, y sobre todo de la lengua literaria (siempre una invención) de un escritor, que en el caso de Arguedas es una cuestión de la imaginación creativa, poética.
Posmodernidad y “realidades nómades”
El fin de la modernidad, según la hipótesis del italiano Gianni Vattimo, en el sentido de que no es posible hablar de la historia como algo unitario, lo que implica la crítica de las visiones de la historia como totalidad, trajo consigo también la crisis de la idea del progreso [11], esto es, la concepción eurocentrista de la realización de la civilización como expresión moderna del hombre europeo.
Si la posmodernidad es la característica de ciertos fenómenos de orden general, que se presentan como necesidad y de manera permanente en la propia modernidad [12], el fenómeno más importante ligado a la posmodernidad –”en la zona límite que da hacia el futuro posible” (Bolívar Echeverría)– es el de la irrupción de las “realidades nómades”.
Toda literatura –y éste es un truismo que ignora la más de las veces la crítica literaria (pero los poetas siempre lo han sabido)– es una forma y función del lenguaje [13]; la “revolución del lenguaje” nació de un sentimiento opresivo de crisis lingüística [14].
Todo gran escritor es una excepción. En el orden de las transformaciones, de lo que producen como sujetos, a nivel de la escritura, corresponden a experiencias muy diferentes las unas de las otras, y precisamente porque son muy diferentes se asemejan. Es la crisis del lenguaje lo que han afrontado todos los grandes escritores; en la avant-garde se encontraba la experiencia de los poetas. Es el caso de la “experiencia de shock” [15] de Baudelaire.
La literatura angloamericana está ligada a los procesos de “desterritorialización”, a la irrupción de las “realidades nómades” y como tal es una literatura de la descodificación; una literatura en la que a través de los impases y las “triangulaciones edípicas –escriben Gilles Deleuze y Felix Guattari– un flujo esquizofrénico corre, irresistible, esperma, río, albañal, blenorragia, o corriente de palabras que no se dejan codificar, libido demasiado fluida y demasiado viscosa: una violencia en la sintaxis, una destrucción concertada del significante, non-sens erigido como flujo, polivocidad que vuelve a aparecer en todas las relaciones.
Como el problema de la literatura ha sido mal planteado, a partir
de la ideología que transmite o de la recuperación que el orden social opera” [16]. Lo primero, metodológicamente –en otro contexto– se aplica a la crítica vargasllosiana de la obra de Arguedas en La utopía arcaica. Aunque resulte paradójico, Arguedas es un escritor de las “extra–territorialidades” y su obra –por citar sólo Los ríos profundos, Todas las sangres y El zorro de arriba y el zorro de abajo– se halla ligada a los flujos migratorios que conlleva la expansión capitalista periférica.
Notas
[1] Ver D. Castro, “Una reflexión”. En: http://www.omni-bus.com. También el artículo de Anouk Guiné: “Soy andina, negra y telúrica” (suplemento Identidades Nº 93). En: http://www.elperuano.com.pe/identidades/93/precisiones.asp
[2] R. Forgues. “Los ríos profundos de José María Arguedas / Un puente entre las dos orillas”, Palabra en el viento. Ensayos sobre creación e identidad en América Latina, Andínica, Éds. Mare & Martin, París, 2005.
[3] Op. cit., p. 349-50.
[4] J. C. Rovira. “Lengua y heterogeneidad en Los ríos profundos y el posterior fracaso arguediano”. En: Los ríos profundos. José María Arguedas, obra coordinada por Fernando Moreno, Ellipses, París, 2004, p. 79-80.
[5] W. Rowe, “Mito, lenguaje e ideología como estructuras literarias”, Recopilación de textos sobre José María Arguedas, Serie Valoración Múltiple, Casa de las Américas, La Habana, 1976, p. 264-66.
[6] J. M. Arguedas, “La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú”, 1950; loc. cit., p. 71.
[7] R. Forgues, op. cit., p. 58.
[8] Jacqueline Genet et Claude Fierobe, La Littérature Irlandaise, L’Harmattan, París, 2004, p. 284-88).
[9] Ibíd.
[10] P. Sollers, Théorie des exceptions, Gallimard, París, 1986, p. 80-81.
[11] G. Vattimo, “Posmodernidad: ¿una sociedad transparente?”. En: N. Lechner, W. Schmidt, B. Echeverría (et. al.), Debates sobre modernidad y posmodernidad, Editores Unidos Nariz del Diablo, Quito, 1991, p. 148-49.
[12] B. Echeverría, “Modernidad y capitalismo (quince tesis)”, op. cit., p. 118.
[13] G. Steiner, Extraterritorialité. Essai sur la littérature et la révolution du langage, Calman-Lévy, París, 2002, p. 142.
[14] Ibíd.
[15] G. Agamben, L’homme sans contenu, Éds. Circé, Clamency, 1996, p. 74.
[16] G. Deleuze y F. Guattari, Capitalisme et schizophénie. L’Anti-oedipe, Les Éds. de Minuit, París, 1972, p. 158. |