Como es de imaginarse, por cuestiones presupuestarias y de espacios limitados –algo que es entendible dada la naturaleza física del problema– larga era la lista de escritores que no irían a la FIL: ni en cuerpo, ni en alma y menos en papel. Por otro lado, frente a la “apuesta a ganador” propiciada por cierto sector preocupado principalmente por promocionar el turismo y la gastronomía en un nivel muy por encima al de la actividad literaria, surgieron algunos proyectos paralelos que, al concretarse, permitieron que muchos ausentes en cuerpo se hicieran presentes en papel y, por tanto, en alma.
Por iniciativa de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se prepararon dos antologías, una de poesía y una de narrativa, para ser presentadas dentro del marco de la FIL de Guadalajara. El primer movimiento consistió en establecer contacto con una persona en el Perú que pueda encargarse de hacer extensiva la invitación a participar, con la finalidad de reunir una larga lista de escritores (poetas y narradores), la que sería enviada a México para el proceso de evaluación y selección.
La Coordinación de Difusión Cultural–División de Literatura de la UNAM consideró contar con el apoyo de Carlos Maza, ex gerente de la filial del Fondo de Cultura Económica en el Perú. Maza se convirtió en el portavoz de la convocatoria, así como también en el encargado de la recopilación de los textos. La tarea encomendada a Maza se cumplió de manera satisfactoria, ya que las listas, tanto para poesía como para narrativa, fueron bastante amplias y muy bien surtidas.
Así fue como se puso en marcha este trabajo, el que dio como resultados Caudal de piedra. Veinte poetas peruanos (1955-1971) –que hace referencia a un verso del poema “El tiempo” de Martín Adán– y Estática doméstica – Tres generaciones de cuentistas peruanos (1951-1981). La primera corrió a cargo de Julio Trujillo, destacado poeta mexicano, mientras que la segunda estuvo al cuidado y selección de David Miklos, unos de los narradores mexicanos más promisorios.
“En el ámbito hispanoamericano, pocas poesías son tan conscientes de sí mismas como la peruana. Quiero decir, conscientes del eslabón que forjan en la cadena de la tradición. Con un ojo al gato del presente y otro al garabato del pasado, el poeta peruano parece dominar panópticamente el edificio de su acervo”. Con esas palabras comienza Julio Trujillo el prólogo de Caudal de piedra. Trujillo elaboró esta selección como gran conocedor que es de la exquisita tradición poética con que cuenta nuestro país y la supo plasmar al hacer una selección equilibrada que recoge los variados estilos y formas de la poesía peruana actual.
Representatividades
Por el lado de la narrativa, Estática doméstica reúne a 28 narradores peruanos que manejan, en conjunto, una rica diversidad de estilos. En esta antología resulta gratificante hallar las participaciones de Pilar Dughi, Dante Castro, Fernando Iwasaki, José Güich Rodríguez, Javier Arévalo e Iván Thays. Asimismo, se hacen presentes en ella plumas jóvenes y de gran calibre como las de Jeremías Gamboa, Giancarlo Stagnaro, Juan Manuel Chávez y Daniel Alarcón. Miklos nos dice en el prólogo: “Los 28 cuentistas aquí reunidos buscan domesticar el estatismo ortodoxo del cuento, cada uno a través de su propio campo semántico y desde su propia marca en la vasta geografía del idioma, aunque desde la frontera emocional del Perú. Estos 28 buscan sacar a relucir una voz, desmarcarla del resto.”
Ahora bien, ¿qué es lo que se busca al elaborar una antología, sobre todo para un evento tan importante como la FIL de Guadalajara? La respuesta obvia: ser representativa. Se puede lograr esta cualidad determinando estilos, marcando rangos generacionales, circunscribiendo formas preceptivas del entorno; a fin de cuentas, lo que se procura plasmar en cada antología es una serie de semejanzas dentro del trabajo de las personas que participan. ¿Pero llevar a cabo una compilación bajo características limitantes se traduce en una real representatividad? Nunca lo he creído, porque uno puede fraccionar grupos hasta el infinito, hasta llegar a representar exclusivamente a una unidad, porque por lo general, se termina por transmitir un perfil muy sesgado de una situación concreta, una visión muy limitada que anula otras perspectivas que quizá no son consideradas por cuestiones de incompatibilidades puntuales o específicas. Pero en la variedad está el gusto, y en ella se encuentra la verdadera voz de un país, y jamás en la unidimensionalidad, la monotonía o la monocromía de las cosas.
El trabajo que ha hecho la UNAM en este caso es relevante y, con toda certeza, sí representa una situación concreta y actual de las letras peruanas.
Me imagino que, para muchos, los escritores que constituyen un proceso de selección como éste son colaboradores que van formando una torre de Babel, en donde cada autor habla un idioma diferente. Por lo tanto, el lector puede hacer uso de su derecho a la depuración de acuerdo con su criterio y gusto personal. Ese es un riesgo que la mayoría de antologías corre, pero éste no es el caso. En realidad, la labor realizada por la UNAM –así como las otras antologías de poesía peruana presentadas en México– marca un punto importante para el circuito literario nacional, ya que es saludable someterse de vez en cuando a una evaluación exterior, dejarnos mirar por un ojo ajeno, ser observados exentamente de una serie de conflictos, de nombres sobredimensionados y de solidarias cofradías.
La circulación de Caudal de piedra y Estática doméstica en nuestro país se hace necesaria. Ojalá alguna empresa se anime a traer algunos ejemplares –quizá un importante sello editorial mexicano– para verlas pronto por estos lares y que cada uno saque sus propias conclusiones.
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