Edición 99
19 de diciembre, 2005


ISSN: 1817-2423
 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
 > Precisiones
Nuevas antologías de poesía peruana
La manzana de la discordia
Las antologías de escritores peruanos se convirtieron en marcos de referencia. Así, el Fondo de Cultura Económica (FCE), la Universidad de Guadalajara (UdeG) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) mostraron sus respectivas selecciones de autores peruanos, a fin de revelarlas al público de la FIL.


            NLa 19ª versión de la FIL ha sido marco –inusual por la cantidad– de la presentación de cuatro antologías de poesía peruana. Me refiero, en primer lugar, a la antología de poesía peruana del siglo XX, Poesía viva del Perú, preparada por Dante Medina y Raúl Bañuelos, profesores de la UdeG y que presentan, en este panorama que su centro de labores les encomendó, una mirada más enciclopédica que polémica, más histórica que arriesgada, sobre el hecho poético en el Perú durante el siglo pasado. Un siglo donde se ha construido una tradición, de lejos la más interesante de América Latina por su variedad de obras y poéticas.
Las restantes antologías, que comentaré en este breve artículo, son hijas del riesgo y nos revelan lectores atentos que hacen de la lectura un lugar de diálogo, de propuesta y, en el caso de los antologadores mexicanos Víctor Manuel Mendiola y Julio Trujillo, la posibilidad de un intercambio intelectual, actualmente ausente por las absurdas fronteras nacionales –por lo menos para la cultura– que la época republicana nos lega como el signo más elocuente de su fracaso.
En términos editoriales, la más importante es la selección preparada por Mendiola para el FCE, La mitad del cuerpo sonríe: Antología de la poesía peruana contemporánea, quien en esta selección recoge poemas de autores de la llamada generación del cincuenta y llega hasta autores del noventa. Se trata de 23 poetas en total, de los que Mendiola destaca los poemas más que su vinculación con la cronología literaria: un ejercicio de lector más que de historiador. En Caudal de piedra: veinte poetas peruanos (1955-1971), edición de la UNAM, Trujillo reúne, creo que mostrando buenas destrezas de equilibrista, el trabajo de 20 poetas en actual producción y que expresan esa interesante variedad que distingue de manera inequívoca la poesía peruana. Por su parte, los peruanos Enrique Bernales y Carlos Villacorta, en Los relojes se han roto: antología peruana de los noventa (Ediciones Arlequín), presentan una interesante muestra de poetas recientes que expresa una renovación que la narrativa de estos años no tiene.

Mirada oblicua: el Perú desde México

Toda antología es un ejercicio de lectura. Para Trujillo eso está claro: “no sobra decir que estos ejercicios no son democráticos ni plebiscitarios: responden a un gusto, al del que firma, y pretenden ser contagiosos” (12). En el caso de Mendiola, la lectura pasa por algunas marcas nacionales que hacen variar la valorización (no es lo mismo leer a Octavio Paz en México que en el Perú), pero que dejan intacta la estructura: en ambos países la lectura de poesía está marcada por el horizonte establecido por los poetas “fundadores”, según la crítica, porque se modernizaron (valga la redundancia) al dejar la estética modernista: “el papel de la crítica ha sido legalizar, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, una visión dominante, descifrando y codificando un estilo aceptado; un estilo que rompió con el modernismo, es decir, con nuestro simbolismo, y que representaba –con o sin manifiestos y programas– un desgarramiento, un ataque a los valores estéticos decimonónicos” (16).
En ambos antólogos la idea de tradición es eje de partida de sus propuestas: un inicio que es ya un desencuentro, pues mientras Trujillo piensa en la tradición a partir de la metáfora del caudal (de piedra, según la figura de Martín Adán) que refresca a los nuevos poetas, Mendiola se muestra muy crítico con esa tradición de escritura que, en su lectura, tiene hoy a la poesía hispanoamericana en un estado de postración: “esta postración se incubó en ellos [los fundadores]; ellos nos hicieron ir a un lugar intenso y prometedor, pero ahora nos hacen ir a una extensión saturada de repeticiones e innecesaria” (17).
En contraste con la lectura de Trujillo, la de Mendiola se presenta desmitificadora, al cuestionar la idea de autor y poética y al enjuiciar el ejercicio de la crítica como un trabajo innecesario: “La mayor parte de la crítica es una insistencia innecesaria en legitimar lo que está bien legitimado; ya que el lector, especializado o no, ha asumido como un orden de lectura los libros de los ‘fundadores’ y los poetas continuadores tienen como paradigma la escritura de estos” (17). Así, Trujillo sería algo ingenuo al creer que “el poeta se apoya en una solidez existente que se llama tradición, pero que no es literalmente pétrea ni inamovible, sino, al contrario, fluye como un caudal. [...] Ignorar la tradición o pretender destruirla es extraviarse y es un despropósito: se puede trabajar con ella y contra ella, dándole movilidad y permanencia. Los poetas peruanos lo están haciendo y los resultados están a la vista” (11).
Sea como fuere, no es mi intención polemizar acerca de la tradición. Sólo anoto este interesante debate no planteado explícitamente y que pone en polos opuestos a las lecturas de ambos antólogos mexicanos. Indico también un lugar de encuentro, la presencia de algunos autores por partida doble en estas antologías: Miguel Ángel Zapata, Rosella di Paolo, Domingo de Ramos, Rocío Silva-Santisteban, José Antonio Mazzotti, Montserrat Álvarez y Lorenzo Helguero. A pesar de las diferencias de enfoque de estas antologías, la presencia de estos autores indica, más que una coincidencia, un nivel de sintonía, de diálogo de coordenadas estéticas, que argumenta a favor de la extraterritorialidad del trabajo poético.  
Aparte de los autores citados, la edición del FCE incluye los poemas de Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Arturo Corcuera, Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros, Julio Ortega, Jorge Pimentel, Isaac Goldemberg, José Watanabe, Carmen Ollé, Carlos López Degregori, Roger Santiváñez, Mauricio Medo y Lizardo Cruzado; por su parte, la edición de la UNAM reúne los poemas de Pedro Granados, Raúl Mendizábal, Renato Sandoval, Óscar Limache, Luis Rebaza-Soraluz, Eduardo Chirinos, Doris Moromisato, Rodrigo Quijano, Xavier Echarri, Jorge Frisancho, Víctor Coral, Willy Gómez y Paolo de Lima.  

¿Qué se ha roto en los noventa?

La antología de poesía de los noventa, preparada por Enrique Bernales y Carlos Villacorta, a quienes hay que agradecer la delicadeza de no incluir poemas suyos en este conjunto (en el cual merecidamente podrían estar), basan su selección en una hermenéutica histórica discutible, bajo el prestigio (es un decir) de la cronología literaria que propone generaciones de 10 años.
La interpretación histórica que practican los antólogos vincula los poemas con el proceso histórico peruano: en particular, el proceso de violencia que desde Sendero Luminoso y el Estado asoló a la sociedad peruana. Sin duda aquí hay que hacer una precisión, pues la lectura de los antólogos sitúa la violencia como un momento exclusivo de la década de 1990, cuando ella es un elemento constitutivo de nuestra historia que se inicia de manera dramática en 1532. Al contrario, la conciencia de la violencia en la década de 1990 es un proceso muy limeño que, de espaldas al resto de la sociedad peruana, observó cómo durante la década de 1980 se libraba una batalla en el interior del país. Esta mirada indiferente, de la cual el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación documenta bien –y sólo excepcionalmente crítica en los poemas de la llamada generación del ochenta–, sólo asumió esa violencia como un problema cuando un hecho real, que se hace símbolo de esa indiferencia (el atentado de la calle Tarata de Miraflores en 1992), estremeció las seguridades que construyó el sistema republicano, bajo la forma del centralismo, con una violencia no tan abrupta como la de esos años, pero acaso más fatal.
Pero el hecho de hacer de la violencia el eje de la antología genera problemas que no tienen que ver ya con la hermenéutica propuesta; atañen al hecho literario mismo y sus especificidades que lo apartan, para bien, del documentalismo, pues los poemas ocurren en nosotros: “la obra literaria tiene dos polos que podríamos llamar el artístico y el estético: el artístico se refiere al texto creado por el autor, y el estético a la concretización llevada a cabo por el lector. [...] La convergencia de texto y lectura dota a la obra literaria de existencia, y esta convergencia nunca puede ser localizada con precisión, sino que debe permanecer virtual” (Wolfgang Iser 215-16). Asimismo, esta vinculación entre serie literaria y serie social nos habla de una tradición crítica que, según Mendiola, “ha jugado, en un realismo inconfeso, a la teoría del reflejo” (16). De hecho, decir una teoría es decir demasiado; se trata de un método que empobrece el alcance de lo literario en un intento de hacer legible y naturalizar el potencial subversivo de la lectura (donde existe la obra), haciendo de la literatura el lugar de la identidad nacional.
No obstante, debo decir que aparte de mi crítica a la lectura de Bernales y Villacorta, que es un cuestionamiento de concepto, la antología es una muy buena selección de poemas, algunos de ellos notables, que hablan de una vitalidad y renovación que nada tienen que envidiar al trabajo de poetas ya consagrados. El problema reside en encontrar lectores que valoren su diferencia –el prólogo intenta llenar ese vacío, pero resulta siendo índice del mismo–. Una diferencia (el plural para Roland Barthes) que ha entrevisto Luis Fernando Chueca en su lectura de los poemas aparecidos en esta época y que Los relojes se han roto reúne de manera feliz: los textos de Monserrat Álvarez, Roxana Crisólogo, Xavier Echarri, Victoria Guerrero, Lorenzo Helguero, Miguel Idelfonso, Carlos Oliva, Josemári Recalde, Martín Rodríguez-Gaona, José Carlos Irigoyen y Chrystian Zegarra ofrecen un panorama más que de una época de una búsqueda de expresión personal y que algunos, como Josemári Recalde, a pesar de su muerte literaria que inscribió en su cuerpo real, aún no han logrado.

La discordia

Vuelvo al título que remite de manera específica al modo de existencia de toda antología: su carácter público, que obedece a múltiples factores, desde iniciativas diplomáticas (el Perú fue invitado de honor a la FIL), pasando por la construcción de literaturas nacionales y el ejercicio lúcido del criterio crítico –menos frecuente–, hasta necesidades puramente económicas del mercado editorial, hace de la selección de los autores un proceso que genera enemigos a los antólogos. Como cada selección es la expresión de una lectura, por cierto no siempre bien argumentada, es difícil no perder algo en el camino. Más ahora que la construcción de la figura del autor se debe más a la manera en que el escritor circula en los medios de comunicación que a su capacidad de crear lectores.
No obstante, en el caso de la poesía, la lectura se potencia con las antologías. Esa es la manera en que muchos de nosotros hemos llegado a esos autores que Mendiola llama “fundadores” y que, a diferencia de lo que él cree, ocurrieron bajo la forma del acontecimiento y no como un capítulo de historia literaria. No niego que haya lectores que necesiten hacer historias literarias; pero la generalización es un peligro, y más en un terreno tan especulativo como el del efecto del texto en el lector. Un efecto que, como nos recuerda Iser, es experimentable; no explicable.


Obras citadas
• Barthes, Roland. S/Z. Madrid: Siglo XIX, 1980.
• Bernales, Enrique y Carlos Villacorta. Los relojes se han roto: Antología de poesía peruana de los noventa. Guadalajara: Ediciones Arlequín, 2005.
• Iser, Wolfgang. “El proceso de la lectura: enfoque fenomenológico”. Estética de la recepción. Madrid: Arco/Libros, 1987. 215-43.
• Medina, Dante y Raúl Bañuelos. Poesía viva del Perú. Guadalajara: U de Guadalajara, 2005.
• Mendiola, Víctor Manuel. La mitad del cuerpo sonríe: Antología de la poesía peruana contemporánea. Mexico: Fondo, 2005.
• Trujillo, Julio. Caudal de piedra: veinte poetas peruanos (1955-1971). México: UNAM, 2005.

> Enrique Cortez
Realiza estudios de postgrado en Literatura Latinoamericana en Temple University, Filadelfia, Estados Unidos


 


1
Cuatro generaciones de poetas en la cafetería de la FIL.
Carlos López Degregori, Róger Santiváñez, Pablo Guevara y Rodolfo Hinostroza.


2
Mario Montalbetti, Guido Toro y Antonio Cisneros en el laberinto creativo del Perú.


3
Oscar Limache, Victoria Guerrero y
Rodrigo Quijano.


4
Carmen Ollé, Patricia Alba y
Rocío Silva-Santisteban.


6
Mario Bellatin, Giovanna Pollarollo y Rosella di Paolo.


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