La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, conocida como FIL, que tuvo este año al Perú como invitado de honor, es un buen ejemplo para analizar cuáles son las estrategias e intenciones de la industria editorial en habla castellana para manipular el mercado del libro y cómo influyeron éstas en la muestra de narrativa peruana.
Los sectores que se oponen a la globalización vertical que intentan imponer los medios de comunicación masiva, y tras la cual se encuentran los grandes intereses políticos y económicos, coinciden en sostener que ésta sólo intenta lograr una forzada estandarización de la oferta y la demanda que busca convertir a los ciudadanos en simples consumidores. Cuando bien entendida, la globalización significa el enriquecimiento material y espiritual con los elementos que podamos asimilar de los diferentes grupos humanos del mundo.
La política del best-seller
Esta estandarización no es ajena al mercado de la cultura en general y del libro en particular. Hace unos meses, un comunicado de la Unesco advertía de este fenómeno y pedía que, en el caso de la literatura, se le diera un trato preferente (con perdón de los neoliberales), consistente en liberarla de la dictadura de la oferta y la demanda a la que está sujeto el resto de los bienes de consumo.
Lo expresado por la Unesco intenta reflejar el estado actual del mercado del libro y, para lo que nos interesa en este artículo, el de la narrativa en su género más conocido: la novela. De este modo, se publican en todo el mundo varios miles de títulos al año y se reeditan otros tantos. Lo que no significa que todos ellos sean literatura. Aún perteneciendo al mismo género, una cosa es el Ulises de Joyce y otra El código Da Vinci de Dan Brown. Además, una obra con calidad literaria puede convertirse en un éxito de ventas, un best-seller jamás será literatura.
Estandarizados por el género y convertidos en producto, la suerte de una novela, salvo muy raras excepciones, depende del aparato de mercadeo con que se la comercialice. Su calidad se encuentra al margen, lo importante es vender; cuanto más, mejor. La política del best-seller, novelas creadas y concebidas sin afán de trascendencia y como mero divertimento inmediato, se impone a la difusión de la literatura que, lograda o no, forma parte del acervo cultural de un país, al representar la visión singular de un escritor como artista sobre el mundo y la sociedad que le ha tocado vivir, cualquiera que sea esa visión.
Ya el solo hecho de querer darnos gato por liebre debería preocuparnos. Pero la industria editorial ha dado varias vueltas de tuerca más. No contentos con inundar el mercado con best-sellers que resultan, a fin de cuentas, variaciones sobre un mismo tema –templarios, conspiraciones religiosas, evangelios perdidos, sábanas santas, cálices sagrados y los clavos de Cristo–, intenta crear modas y modelos para aplicarlos a la literatura, con lo cual estandariza y distorsiona la imagen de una literatura nacional en beneficio de sus intereses.
La solución Rockefeller
Y es que la literatura, cuando verdadera, resulta siempre conflictiva; sobre todo con el poder y con los intereses económicos que éste representa. Por esta razón, en países como el Perú, se “soborna” a los escritores sumisos o se estigmatiza y margina a los díscolos. La historia de la literatura peruana, para vergüenza nuestra, está llena de casos de escritores con talento muertos en la indigencia.
Para sortear este problema, la industria editorial ha ido creando y lanzando al mercado una suerte de “literatura light”, “modas literarias light” y “escritores light” que hoy en día inundan las estanterías de las librerías. A esto se le puede llamar la “solución Rockefeller”. Cuando el famoso multimillonario norteamericano tuvo conflictos con muralistas como Diego Rivera por el contenido “subversivo” de sus pinturas, decidió optar por la pintura abstracta, menos conflictiva con sus intereses.
Para ello se sirven de las páginas culturales de los periódicos de los que son dueños. De esta manera, han reducido la crítica periodística sobre libros a publirreportajes endogámicos del sello editorial que representan, y como la crítica especializada es de muy reducida difusión, imponen su criterio sin que el lector tenga otra alternativa.
La rebelión de los escritores
Contra esta situación se genera, desde España o México como ejemplos, entre los escritores e intelectuales un movimiento tendente a desenmascarar el poder transnacional que ejerce la industria editorial sobre la creación literaria.
Semanas antes de la FIL, el escritor español Juan Marsé, al renunciar como miembro del jurado del Premio Planeta, reclamaba su derecho a buscar y decir la verdad sobre la calidad literaria de las obras presentadas al concurso, el cual consideraba estaba por encima del relumbrón del premio. Sus declaraciones fueron un torpedo en la línea de flotación del económicamente más importante premio literario en lengua castellana, que se había convertido en una fábrica de best-sellers con caché literario. La novela finalista, Y de repente un ángel, de Jaime Bayly, fue una de las tocadas.
Ya en FIL, los familiares del escritor mexicano Juan Rulfo expresaron su intención de quitar el nombre del autor de la novela Pedro Páramo al premio literario que otorga cada año esta feria. Uno de sus argumentos fue el mercantilismo en el que había caído la feria.
También en dicho evento, y como curándose en salud, la editorial española Tusquets declaró desierto el premio del primer concurso de novela 2005. El jurado no encontró “nada excepcional” entre los 785 manuscritos presentados.
En España, desde mediados de 1990, el denominado Círculo de Fuencarral, a través de su boletín, Fiera Literaria, empieza a publicar una serie de artículos críticos sobre la producción narrativa de este país y que ampliará después a los best-sellers traducidos al castellano. Nace entonces un nuevo tipo de crítica, la crítica acompasada, lejana de lo académico y del panegirismo del periodismo cultural. Con humor, sarcasmo y desde la perspectiva de un lector cualquiera, pone en evidencia las carencias literarias de escritores supuestamente consagrados como Juan José Millas, Rosa Regás, Espido Freire o Lucía Etxebarría entre los españoles; y de novelistas foráneos como Dan Brown o Paulo Coelho.
Nike y la selección nacional:
narrativa peruana en la FIL
El Perú es un país en el cual la industria editorial es casi inexistente. Algo más del 85 por ciento de la narrativa que se publica es autoeditada por los propios autores con dinero propio o por pequeños sellos editoriales en la modalidad de coedición. Sin embargo, su narrativa vive momentos de auge y se publican más novelas y libros de cuentos que en cualquier otro momento de su historia. Sus narradores abarcan casi todos los subgéneros: desde el policial hasta el fantástico. Existen en la actualidad mucho más de 200 narradores vivos en el país y algunos más en el extranjero.
A pesar de esta realidad, si uno lee algún suplemento cultural español sobre última narrativa peruana encontrará sólo 5 o 6 autores que, al margen de sus méritos literarios, en los que no entro, los une el pertenecer a un mismo sello editorial y a lo sumo a dos. De los narradores peruanos invitados a la feria, la revista Filias Visor, la oficial del evento, sólo menciona a doce, diez de ellos pertenecientes a una misma editorial. Algunos de ellos evidentemente menores en comparación con escritores como Miguel Gutiérrez u Oswaldo Reynoso, de quienes no dice nada y que fueron invitados para que la selección hecha no cayera en el escándalo.
Si las editoriales quieren lanzar o promocionar a un escritor, es su gusto, su problema y su dinero. Lo que no pueden hacer y han hecho, junto con los responsables de los encargados de la comisión de la FIL-Perú, es decidir quiénes son los representantes de la narrativa peruana y utilizar así medios que podrían ser destinados de verdad a promover nuestra narrativa, no los intereses de las editoriales. A las autoridades culturales del Reino Unido no se les ocurriría enviar a Dan Brown a ningún evento como representante de la narrativa inglesa. Por más ejemplares que haya vendido.
Lo sucedido en Guadalajara ha sido como que Nike escoja a los jugadores de la selección de fútbol del Perú sólo entre aquellos que tengan contrato con esta firma. Y como en el fútbol peruano al final, el equipo lo conformó la misma argolla de siempre.
La elección del Perú como invitado de honor a la FIL era promover su literatura, no un sector de ella. Dar a conocer la variedad de sus discursos narrativos, no una parte de ellos que frente a la totalidad resulta minoritaria. Difundir sus tradición literaria, no el mercadeo de libros. A nadie se le ocurrió llevar los textos de Abraham Valdelomar, Clemente Palma, Enrique López Albújar, Ventura García Calderón y tantos otros.
De no ser por Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso que, en los escasos y respectivos 15 minutos que duraron sus únicas intervenciones en los paneles de la FIL, señalaron la exclusión de muchos narradores; o la de Fernando Iwasaki, quien dedicó la suya a nombrar a varios otros ausentes, un sector importante de la narrativa peruana hubiera sido ignorada en esta feria.
En este contexto me sorprenden las declaraciones hechas por Jaime Bayly al periodista César Hildebrandt. En su opinión, los andinos en la FIL lo odiaban porque el hotel en el que estaba alojado, el Hilton, tenía una estrella más. Y habla, además, del bando de los andinos y los costeños, así como de los insultos y agravios que se lanzaban mutuamente. No sé en qué feria estuvo. Al parecer no tiene idea de lo que pasa en la narrativa peruana. De los narradores invitados, al único que podría denominarse andino es a Luis Nieto y no me lo imagino insultando o agraviando a Bayly. Además, Alonso Cueto y Fernando Ampuero, entre otros, estuvieron en el mismo hotel que Nieto. Estos dos escritores pueden ser sospechosos de cualquier cosa, menos de ser “andinos” y son, además, tan caballerosos como Nieto. Lo triste del caso es que escritores como Bayly acaben representando a la literatura peruana habiendo muchos mejores en casa.
Un fracaso más qué importa
La FIL ha sido una de las tantas oportunidades perdidas por nuestro país para difundir una parte importante de su literatura. Antonio Gálvez Ronceros, José Antonio Bravo, Óscar Colchado, Dante Castro, Sandro Bossio, Roberto Reyes Tarazona, Javier Arévalo, Mario Wong, Lucía Charún-Illescas, Alfredo Pita, José de Piérola, Enrique Rosas Paravicino, Siu Kam Wen, Pilar Dughi, Christian Reynoso, Leyla Bartet y un largo etcétera pertenecen al grupo de escritores que, escribiendo bien o mal, carecen del nuevo requisito para ser considerado un escritor peruano: pertenecer a una editorial poderosa.
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