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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MARTES 24

de abril de 2018

PERFILES

Abel Bergasse du Petit Thouars

Esta semana se cumplen 137 años de la toma de Lima ocurrida en los nefastos días de la Guerra del Pacífico. Como es tradicional, en este aniversario, se recuerda el bello gesto del almirante francés Du Petit Thouars que, en esas aciagas horas, salvó a la capital de ser arrasada por las tropas enemigas. ¿Quién fue este marino que tocó tan profundamente el alma de los limeños? A continuación, algunos alcances biográficos del personaje.

14/1/2018


Domingo Tamariz

Periodista

Abel Bergasse du Petit Thouars nació en Burdeos, Francia, el 23 de marzo de 1832. Desde muy niño, lo sedujo el mar. A los 15 años de edad ingresó en la Escuela Naval de Francia, y a los 21 se incorporó como oficial a la dotación del Montebello.

Tuvo su bautismo de fuego en la guerra de Crimea (1853-1856), que enfrentó a Rusia con Francia y otras potencias europeas. En ese histórico conflicto, peleó valerosamente hasta quedar herido y perder un ojo.

En la guerra Franco-Prusiana (1870), que causó el derrumbe del imperio francés, herido de gravedad, fue hecho prisionero. A los 45 años, fue ascendido a contralmirante y nombrado jefe de la División Naval de Francia en el Pacífico. En ese lapso llegó a Lima por primera vez, el 30 de agosto de 1877.

Esta es, grosso modo, la trayectoria del ilustre marino que –según la tradición limeña– dijo a los generales chilenos que si destruían Lima, hundiría su flota que tenía bloqueado el puerto del Callao.

En los estertores de 1880, el almirante francés –que a la sazón frisaba los 49 años– había cumplido su misión en las aguas del Pacífico. Requerido entonces por sus superiores, debió retornar a Francia, pero, en vez de dirigirse a Valparaíso para tomar la ruta de Europa, siguiendo un impulso de la intuición –según Basadre–, optó por ir al Callao. Llegó a nuestro primer puerto el 7 de enero, al frente del acorazado La Victorieuse.

Siguió de cerca la batalla de San Juan de Miraflores e incluso se encontró en conferencia con Piérola, cuando se inició la batalla de Miraflores.

El 16 de enero participó en un cónclave al que asistieron el alcalde de Lima, Rufino Torrico –que asumió el mando de la ciudad y el “alicaído papel de negociar con el invasor”–, diplomáticos y almirantes, con el objetivo de que la ciudad no fuera destruida ni saqueada, sino pacíficamente ocupada.

Se ofreció la rendición de la capital, pero se pidió garantías para los vecinos, lo que fue aceptado por el general Manuel Baquedano. Pero cuando este último dijo que le sería difícil controlar los desórdenes provocados por los soldados dispersos, ni bien terminó de dar su respuesta, Petit Thouars tomó la palabra y con firmeza recalcó –lo que entonces fue vox populi en Lima– que los cañones de sus barcos romperían fuego contra las naves chilenas si estas no respetaban las leyes de la guerra. Esta advertencia bastó –a decir de los limeños de la época– para que se adoptaran las medidas que evitaron la repetición de los lamentables sucesos de Chorrillos, Barranco y Miraflores.

En la ciudad el ajetreo era intenso. Los centros hospitalarios no se daban abasto para atender a los heridos en las batallas de San Juan y de Miraflores, y los bomberos se multiplicaban para apagar incendios mientras Petit Thouars –como certifican ciertos documentos– decidía restaurar la Guardia Urbana de Lima la noche del 15 de enero. La capital tenía entonces 100,000 habitantes.

No hay documentos que prueben que el almirante galo presionó a los chilenos para que ingresaran pacíficamente en la ciudad. Tampoco, de que fue Sterling, el almirante inglés, el que llevó la voz cantante en las conversaciones, preocupado por las propiedades de los neutrales y no de la ciudad, a decir de algunos cronistas chilenos.

Sin embargo, existen testimonios que hablan de su protagonismo; entre otros, el del embajador inglés Spencer Saint John, quien le dijo al presidente Piérola que Petit Thouars tenía autorización de los ministros plenipotenciarios para “usar la fuerza de la escuadra neutral si se produce otro acto de barbarie”.

Por último, qué mayor prueba que la conmoción que causó su deceso (2 de agosto de 1890) en el pueblo limeño y sus autoridades edilicias, que en el acto iniciaron una colecta popular para adquirir en Europa un retrato del almirante galo. Hecho que revela cuán hondo caló en el corazón de los limeños de la época la mediación de Petit Thouars en los sucesos de enero de 1881.

Una céntrica avenida y un hermoso monumento, en Lima, recuerdan el noble gesto de este marino francés.