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Año del diálogo y la reconciliación nacional
SÁBADO 26

de mayo de 2018

PERFILES

Augusto B. Leguía

Fue el presidente que más tiempo tuvo en sus manos el poder y el destino del Perú. Nadie niega que hizo obra y tuvo la intención de hacer del nuestro un país moderno; sin embargo, inconsciente o deliberadamente, equivocó el camino: no solo zarandeó la democracia, sino que además jugó con los más caros anhelos del pueblo.

4/2/2018


Domingo Tamariz

Periodista

Augusto Bernardino Leguía nació en Lambayeque el 19 de febrero de 1863. Sus padres fueron Nicanor Leguía, hacendado, y Carmen Salcedo. Hizo sus estudios básicos en su ciudad natal; a los 13 años, sus padres lo enviaron a estudiar comercio en el famoso Colegio Inglés de Valparaíso, Chile. De regreso al Perú, trabajó como asistente de contabilidad en la casa Prevest y Cía. Al estallar la Guerra con Chile, se incorporó en el Ejército y combatió en la Batalla de Miraflores.

Pasada la guerra, incursionó en el mundo de los negocios con marcado éxito. En Lima, Nueva York y Londres, bien como exportador o representante de empresas multinacionales, se labró un nombre.

En el amanecer del siglo XX, ya famoso en los círculos financieros y acaso soñando con la Presidencia de la República, ingresó en el Partido Civil, donde pronto destacó, al punto que, dos años después, Manuel Candamo lo nombró ministro de Hacienda, cargo que mantuvo durante los gobiernos de Calderón y Pardo. En ese puesto cobró tal notoriedad que, en 1908, fue catapultado como mandatario de la Nación.

En su primera gestión (1908-1912), Leguía hizo frente a algunos problemas fronterizos, como el que se suscitó en la frontera de Leticia, Colombia. En el campo político, enfrentó numerosos intentos de derrocarlo, entre ellos el de los hermanos Piérola, en mayo de 1909. Además, reprimió no pocas protestas del proletariado que demandaba mejores condiciones de trabajo y mejores salarios. Sea como fuere, hizo un gobierno que no merece ser ensalzado.

Desterrado a Panamá, pasó luego a Londres, donde, dedicado al comercio, residió hasta 1918. Pasaron los años y el país se vio nuevamente inmerso en un borrascoso proceso electoral. Los primeros escrutinios le concedieron una clara ventaja sobre su opositor, el civilista Ántero Aspíllaga, pero le invalidaron 15,000 votos, lo que puso en riesgo que alcanzara la mayoría absoluta. En estas circunstancias, de gran expectativa y suspenso, corrió el rumor de golpe.

Fue así cómo Leguía tomó el poder. Inició su gobierno como presidente provisional el 4 de julio de 1919, y convocó en el acto a elecciones para una Asamblea Constituyente, que proclamó la Constitución de 1920. En ella se estableció la elección del presidente y el Congreso por un período de cinco años, que aún sigue vigente.

En esa suerte, Leguía se aferró al poder durante once años: tras sendas reformas constitucionales, se reeligió en 1924 y 1929. Por eso se le llama el régimen del Oncenio y también de la Patria Nueva, eslogan que retumbó, como si fuese real, entre la frivolidad y el absolutismo, casi hasta el final de su administración.

Su estilo de gobierno, fuerte e imperial, y sobre todo su filosofía de la Patria Nueva, calaron hondo fundamentalmente en sectores conservadores y proletarios, e incluso entre intelectuales y periodistas, que no dudaron en ensalzarlo como el hombre de la “revolución redentora”.

Durante el Oncenio se proscribieron los partidos políticos, se reguló la prensa, y se encarceló y desterró opositores. Próximo a la celebración del primer centenario de la independencia, se empeñó en modernizar la capital. Respaldado por grandes empréstitos, expandió y embelleció la capital con grandes avenidas, plazas y monumentos. Además, se hicieron obras de saneamiento y emprendieron empresas de envergadura, sobre todo en irrigaciones y caminos. Y en ese andar, terminó con los problemas fronterizos con Colombia (1922) y Chile (1929); en este último caso, Tacna se reintegró al Perú y Arica pasó a Chile.

El 12 de octubre de 1929 inició su cuarto período presidencial. Doce días después se produjo el famoso “jueves negro” que remeció la economía mundial. El gobierno de Leguía se vio así, de pronto, frente a un huracán que desplomaba todos sus planes. En ese albur, en 1930, una revolución liderada por el comandante Luis M. Sánchez Cerro lo destituyó.

Su fin no pudo ser más triste: murió prácticamente solo, abandonado, en el hospital Naval de Bellavista, la noche del 6 de febrero de 1932, hace justamente 86 años.