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Año del Buen Servicio al Ciudadano
DOMINGO 20

de agosto de 2017

CRÓNICA

Ejercicio de memoria

El Museo de la Memoria ‘Para Que No Se Repita’ es una parada obligatoria cuando uno visita Ayacucho. Su dolor y duelo nos revela la importancia de recordar nuestra historia reciente para construir un país más inclusivo, sin extremismos.

23/1/2017


Ayacucho recibe a los visitantes con alegría profunda, joven y, relativamente, reciente. En la sonrisa del ayacuchano promedio hay una tristeza discreta, típica de los pueblos que han sufrido.

La pena la disimula bien su belleza de paisajes y arquitectura virreinal y republicana, entre las iglesias y las plazuelas. Pero hay un edificio moderno que concentra entre sus paredes el dolor causado por las décadas de terror, para evitar que olvidemos nuestra historia.

En la cuadra 12 de la prolongación Libertad, el Museo de la Memoria ‘Para Que No Se Repita’ ocupa toda una esquina, pero, al recorrer sus interiores, asemeja un mundo. El espacio creado por la Asociación Nacional de Familiares Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos Del Perú (Anfasep) nos propone un viaje en el tiempo que no todos quieren seguir.

“Esto no será bonito ni será fácil”, advierte Carmen Rosa Flores, guía oficial del museo, cuando da la bienvenida a un pequeño grupo integrado por limeños.

Reseña histórica

“Ayacucho estuvo en el medio de un conflicto que se desató en el Perú entre 1980 y el 2000. Según las estimaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), más de 69,000 peruanos murieron en ese período. Pero nosotros sabemos que fueron más”, dice Carmen. Al hablar de cifras, su voz se empieza a tornar más pesada, con una incomodidad que se puede percibir fácilmente.

Nombres conocidos empiezan a surgir y unos resuenan más que otros, por ser sinónimos del terror: Abimael Guzmán y Sendero Luminoso. La quema de urnas de votación en Chuschi, el 17 de mayo de 1980, sería el origen de un infierno del que la mayoría de limeños apenas se enteraron y que se percibieron cuando la muerte llegó a la calle Tarata, en Miraflores, en 1992.

Carmen Rosa no puede disimular su pesar al profundizar en el tema y avanzar en el recorrido. Están las fotografías de los desaparecidos y asesinados a manos de terroristas y las fuerzas del orden; las obras inspiradas en el dolor, de artistas anónimos que temían revelar su identidad y ser catalogados como enemigos de algún bando, recuerdos en general.

Una sala en particular es la más densa, intimida: se recrean las fosas comunes en las que enterraban a las víctimas y una sala creada para la tortura, así lo testimonian los que fueron sometidos a tormento.

Familiares ausentes

“Tal vez el más pequeño no debería ver esto”, sugiere la guía por Leonardo, un niño de 8 años. “Es mejor que hagamos una pausa aquí”.

Aprovecho para conversar con ella. Tiene apenas 13 días trabajando en el museo, pero la conexión con estas heridas de la historia nacional las sufrió. “Mi mamá y mi abuela pertenecían a la Anfasep porque buscaban a mi tío, al que se llevaron cuando era muy joven. Mi abuela ya murió, pero yo quiero seguir esta búsqueda, la necesito”.

Alterna sus horas como guía del museo y estudiante de Turismo. No es difícil porque desde niña alterna sus horarios escolares con las reuniones de la asociación creadora de este museo.

“Conozco de cerca la realidad de los 200 integrantes de Anfasep. ¿Te imaginas vivir sin saber qué pasó con esa persona que amabas? Ellas viven con eso hasta ahora, pero intentan luchar juntas por el olvido. Su única satisfacción es que alguien venga al museo y se vaya con la voluntad de evitar que esto se repita”.

Ojos de niño

Leonardo Briceño, el niño que no quiso ver la cámara de tortura, procede a conocer otros ambientes del museo, pero se sorprende con las fotos de niños, como él, que fueron víctimas de la violencia.

Coge fuerte la mano de su mamá, y ella le dice que es necesario que sepa sobre estas cosas. El menor lo entiende, pero sufre por ese dolor distante en el tiempo, pero que lo alcanza. “Había leído en un libro de la historia del Perú para niños sobre el terrorismo, pero esto es más feo… más real”.

Le pregunto, con temor, sobre lo que sabe en relación con las dos décadas de terror. Su lucidez y conciencia sorprenden: “Sabía sobre Abimael Guzmán y que mucha gente había sufrido. En Lima fue horrible, pero en Ayacucho fue peor, el doble o el triple. O más, ahora creo que fue más”.

La visita termina con un recorrido entre los recuerdos de los desaparecidos y una enorme cantidad de retratos de ojos tristes que no son las personas que se fueron. Son las que se quedaron, las que no se cansan de buscar.

Ninguno de los visitantes se siente bien. Todos se miran con incredulidad y los más jóvenes con pánico. Leonardo ha derramado un par de lágrimas, pero, entre los brazos de su madre, lo escucho decir: “Ojalá que esto no se repita, ojalá que esto no se repita”. (Luis M. Santa Cruz)

Datos

Hace 34 años que la Anfasep inició la búsqueda de víctimas, producto de la violencia causada por el terrorismo. Posteriormente, se dedicó a analizar, observar y difundir el Informe Final de la CVR.

En el 2015, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables otorgó el Premio de la Paz a Angélica Mendoza, fundadora de la Anfasep, en 1983.

Ella se preocupó por los huérfanos de la guerra interna y creó un comedor donde alimentaron a 347 niños.

El Museo de la Memoria ‘Para Que No Se Repita’ fue construido entre 2004 y 2005, con el apoyo de la Embajada de Alemania, el Servicio de Cooperación Social Técnica (DED), la Cooperación Técnica Alemana (GTZ), el Mimp y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

Horario de visita: De lunes a viernes. Entrada: S/ 2.