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Año del Buen Servicio al Ciudadano
VIERNES 15

de diciembre de 2017

SOCIEDAD

El lenguaje que manipula

Con la caída del Tahuantinsuyo en el siglo XVI, sobrevinieron decenas de textos que bosquejaban la geografía extraña, las costumbres inéditas y las fracturas políticas con palabras en castellano que referían un universo ajeno que se comunicaba en runa simi (“lengua del hombre”). Los autores, cronistas de Indias como Diego de Trujillo o Francisco de Xerez, apelaron a estrategias retóricas que dieron por resultado una escritura que manipulaba la realidad.

1/12/2017


Juan Manuel Chávez

Escritor

En un primer plano, identificaron las singularidades incaicas con las del universo mozárabe para trazar una imagen de lo lejano que fuera comprensible a quienes leían sus páginas; por ejemplo, llaman “mezquitas” a los templos del Ande o al acllahuasi, “harén”. Al hacerlo, inducen a percibir las poblaciones americanas como equivalentes a las que ocuparon la península ibérica durante siglos: adversarias de España.

En un segundo plano, las crónicas regatean a los individuos de las comunidades nativas su condición humana; por ejemplo, refieren una mirada bestial del inca Atahualpa, la inteligibilidad de su idioma y el salvajismo de sus gestos a través de símiles con fieras, como si fuera una especie distinta de los peninsulares. Entonces, no hay reconocimiento mutuo y caen en conflicto; desequilibrio que es zanjado en varias crónicas con el sometimiento de una población, animalizada, a otra.

En un tercer plano, las crónicas derrochan adjetivos para explicar el poderío bélico de los incas, superioridad numérica y habilidades de subsistencia; todo contribuye a ilustrar la aventura de conquista como una gesta épica. Las palabras enfatizan la victoria de la estrategia occidental y su predominancia cultural. 

Transcurridos cinco siglos, se perpetúan desbalances de una gravitación semejante con formas de manipulación que tienen su vía en las estrategias comunicativas entre prójimos: frases como “mano de obra” —metáfora del utilitarismo del trabajo, que relega las dimensiones emocional, afectiva e intelectiva de las personas— o “recursos humanos” —como si cada quien fuera un medio para alcanzar un fin o un bien que se explota— tendrían que extirparse del discurso mediático, académico y cotidiano para emanciparnos de la ironía que implica sintetizar una nominación para relativizar lo esencial. La urgencia de hacer frente a la manipulación con las palabras va de la calle a los ámbitos del Estado peruano, que en su D. L. n.° 1342 del 7 de enero de 2017 repara en la accesibilidad: “Los operadores del sistema de justicia evitarán usar términos en latín o cualquier otro arcaísmo que dificulte la comprensión”; esta añosa tradición de evitar el uso de una lengua en común, al punto de nublar los contenidos.

Las palabras son una contingencia; y qué mejor contingencia que emplear el lenguaje para el reconocimiento pleno y exacto de cada diversidad hasta expresarnos en el registro de la solidaridad. Todavía tenemos tiempo para hacerlo, antes de caer en lo que Jürgen Habermas llama “una solidaridad casi exhausta”.