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Año del Buen Servicio al Ciudadano
LUNES 20

de noviembre de 2017

CRÓNICA DE VIAJE

El templo del olvido

Una fantástica iglesia del siglo XVII, en Bambamarca, provincia Bolívar en La Libertad, se resiste a caer. Los fieles le pusieron candado para evitar que manos impías rapten a sus santitos y desmantelen los altares de pan de oro.

11/11/2017


Don Roberto Garro aún recuerda la última vez que hubo misa en la iglesia. Fue de madrugada, pues como ese día hubo fiesta, todo comenzó en penumbra, al ritmo que imponían los cantos de ranas y mucho antes que se despabilaran los gallos.

Por eso, las cadenetas chuecas pegadas con engrudo en los tarugos de madera. Por eso, las flores para camuflar ese bálsamo de pátina que invadía el pueblo cada vez que abrían las puertas del templo. Por eso, su padre fue comisionado para dejar el atrio como Dios manda y evitar, de paso, los sapos y culebras que soltaba el curita de Huamachuco cuando llegaba a bautizar muchedumbres o a casar parejas amancebadas, con la iglesia de cabeza.

Pero todo esto pasó cuando su memoria era incapaz de marcar en el calendario. Pudo ser durante el mundial de España 82, en las fiestas marianas luego de que el general Juan Velasco le diera el golpe a Fernando Belaunde, tras las terribles tercianas que arrasaron con las vacas lecheras o unas semanitas antes de que Karol Wojtyla se confesara charapa.

Don Roberto no sabe, no precisa. Lo que sí recuerda es la indiferencia sistemática de las autoridades para restaurar la iglesia que tantos favores le hizo a la grey de Bambamarca, el encantador pueblo de piedra donde Santo Toribio de Mogrovejo pasó el sombrero recolectando cadenas y anillos para solventar su extirpación de idolatrías.

Familia mística

Pero lo que no dice Roberto lo cuenta con lujo de detalles el buen Telmo, su hijo y representante de la tercera generación de los Garro dedicados al apostolado en la iglesia construida en 1672 y que tiene como patrono a San Martín de Tours, el oficial romano que luego de compartir su capa con Jesucristo se perdió en los misterios de la santidad.

En un misticismo con el cual también coquetea la familia Garro. Todos los domingos se encargan de la liturgia, pero también de barrer el salón, ponerle flores a las vírgenes de marfilina, acomodarle los cabellos a los santos de arcilla y limpiarle los rostros de madera a esos ángeles escuálidos que alguna vez lucieron imponentes, pero que hoy solo amenazan con venirse abajo.

Sin embargo, los altares apolillados no pueden opacar la belleza de este templo con figuras de yeso y frescos coloniales sobre tabiques de quincha. Retablos andinos que guarecen a mártires y apóstoles hispanos, desnudan la riqueza de un sincretismo religioso en estado casi virginal. Estas piezas no han sido contactadas. Conservan la belleza nativa del arte barroco, churrigueresco y gótico que curas de otros tiempos pusieron en Bambamarca porque era la puerta de entrada a la selva, a esa jungla de donde casi siempre sus evangelizadores regresaban flechados y no precisamente de amor.

Pobreza extrema

Jhiordin, Sulmy, Arístides y Sheyla juegan en la plaza de Armas de Bambamarca mientras el cielo, mitad serrano mitad amazónico, se enciende y amaga con desatar el apocalipsis en este poblado que en el 2003 fue catalogado como el segundo distrito más pobre del Perú. En el 2013 repitió el plato y apareció en el desafortunado top ten, pero de eso nada saben los pequeños.

Juegan a la pelota, pero mi cámara fotográfica les jala el ojo. Me miran de costado, pero bastó que les pregunte si querían tomar fotos para que su recelo baje la guardia. Mientras Sulmy juega con el zoom, Jhiordin me cuenta que aquí viven de la chacra. Que siempre sobra mashua, quinua, trigo, cebada, olluco, rocoto, papa y lenteja. Arístides, sorprendido al saber que tiene nombre de intelectual griego, me cuenta en tono confidencial que comen gallina, cuyes, conejos y pollos, pero cuando hay santo, sirven chanchito o carne de res.

Con tanta abundancia cuesta creer que la pobreza extrema echó raíces en este pueblo citado en dos obras de Ciro Alegría y donde la gente parece saludable y es hablantina por naturaleza. Sin embargo, basta caminar por el casco urbano para intuir la razón del singular ranking: la mayoría de casas son hermosas construcciones de piedra laja y techo de paja, materiales que algún censador sin criterio confundió con simples rocas. Entonces, para el resto del país, los bambamarquinos fueron etiquetados como meros hombres de las cavernas.

A Telmo Garro de la Cruz, profesor de los 141 alumnos matriculados este año en el colegio Túpac Amaru, la estadística de la pobreza le saca roncha. Historiador, músico y escritor, es una especie de erudito que frunce el ceño al descubrir el porqué es conocido su pueblo en todo el país.

Cuidando el templo

Don Roberto avanza despacito entre cabras que campanillean, entre gallinas cariocas y niños que le abren paso y lo miran con curiosidad. Se sienta en el atrio de la iglesia y nos pide que hagamos algo porque ya se está cansando. Que “ochentipico” años ya pesan, que espera que pronto arreglen la iglesia para marcharse en paz.

Cae la noche, el frío se cuela hasta los huesos y la gente cierra sus puertas. Los cantos de ranas invaden el pueblo como cuando abren las puertas del templo y ese aroma a omisión se escurre hasta la cancha de fútbol que fue laguna.

Esto es Bambamarca y su gente mantiene la fe intacta. Siguen guardando sus mejores trajes para el día en que sus santos y vírgenes desvencijados recuperen la lozanía y salgan nuevamente en procesión de esa iglesia que hoy los Garro protegen de las aves de rapiña y la indolencia nacional. 

El pueblo que espera

Don Roberto hubiera querido que supieran de Bambamarca por la iglesia colonial donde Santo Toribio perdonó pecados a punta de dádivas, por su fantástica plaza y damero de piedra laja, por la historia de Chuquimanko y sus victorias sobre Huaraco, la fiera que comía niños, y sobre el brujo que sometía a las mujeres bonitas y ajenas. Pero no. Nada de eso se sabe y por eso escarba en su memoria y cuenta que el historiador Pablo Macera mandó hace años una comisión de historiadores y antropólogos que se fue diciendo que ya volvía. Que ahorita nomás regresaba para hacer un documental y restaurar la dignidad del pueblo. Que un comercial y regresaba. Los investigadores se fueron anonadados y encantados por Bambamarca, eso sí, pero hasta ahora los siguen esperando. (Texto: Martín Vargas / Fotos: Karina Pinasco)