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Año del Buen Servicio al Ciudadano
LUNES 20

de noviembre de 2017

TRADICIONES

Feria de Octubre, el reino de los toros

Llegó a Lima con los españoles, se enraizó en nuestro medio y se convirtió en una tradición que se mantiene viva no obstante los 477 años transcurridos.

11/11/2017


José Luis Vargas Sifuentes

Periodista

Hablamos de la lidia de toros, que cada año convoca a los taurófilos y a los mejores diestros hispanos que buscan en nuestra Plaza de Acho su consagración por el exigente respetable que congrega.

La actividad fue propiciada por Francisco Pizarro, quien la inauguró enfrentándose a un astado traído de España en el coso improvisado en la Plaza Mayor, el 29 de marzo de 1540.

Para ello, delante de la casa de Pizarro se construían tabladillos desde los cuales las autoridades, con el virrey a la cabeza, presenciaban las corridas.

Se celebraban nueve corridas ordinarias con un cartel de doce toros, aunque por su simpleza hubo casos en que se mataron 35 toros en una sola tarde.

Se toreaba los lunes para no impedir la asistencia a la misa dominical y se organizaban para celebrar todo acontecimiento importante.

La última corrida realizada en el lugar fue en 1816, a la llegada del virrey Pezuela, aunque ya había sido inaugurado –el 30 de enero de 1766, por el virrey Amat– el coso de Acho.

Para la Feria de Octubre Lima se engalana, sus mujeres sacan lo mejor de sus roperos, los hombres preparan su parafernalia taurina, las ganaderías entregan sus mejores astados, los toreros rezan a todos los santos para no fallar, demostrar su valentía y su arte, y merecerse el preciado Escapulario del Señor de los Milagros.

El domingo de lidia el albero de Acho espera sol abierto, los tendidos se aprestan a recibir al respetable. Todos aguardan un buen espectáculo, toros prestos, embestidores y con trapío; banderilleros de lujo; picadores certeros y refinados; matadores de mano firme y acertado puño.

Se inicia la tarde. Suenan clarines. Se abre paso el paseíllo, encabezado por el alguacil engalanado a la usanza del siglo XVIII. Le siguen matadores y banderilleros, monosabios y mulilleros. El respetable saluda con olés y aplausos. Salen, uno a uno, los bichos adornados con una escarapela por único jaez.

Esta tarde puede haber de todo. Buenos capotes afarolados o veronicados. Banderillas de lujo, bien clavadas. Picadores certeros que no yerren el blanco. Se verán naturales y pases de pecho, chicuelinas y revoleras, derechazos y molinetes, manoletinas y desplantes. Toros con pitones sin afeites, que embistan, no escarben la arena, se comporten como deben y se merezcan un indulto para prolongar su bravura.

Habrá aplausos y olés, pifias, silencios y atinados bocinazos. Relucirán pañuelos blancos o el silencio castigador. Unos saldrán entre silbidos, otros con pitos y matracas; en hombros del aficionado, con la mirada gacha del perdedor o en camilla y con las huellas de una cornada.

Olé por todos ellos.