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Año del diálogo y la reconciliación nacional
MIÉRCOLES 25

de abril de 2018

CRÓNICA COSTUMBRISTA Y LIMEÑA

Navidad con fe y sin inicial

Un recorrido por los usos y costumbres navideños de la Lima de los años cincuenta y setenta.

25/12/2017


José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Cuatro días antes de la Navidad de 1958, más de 20,000 niños –calcularon los diarios de la época, cuando el mundo era solo en blanco y negro– esperaron boquiabiertos y ansiosos en los alrededores del aeropuerto de Limatambo (hoy samborjina sede del Ministerio del Interior) para ver descender “desde el Polo Norte”, vía la aerolínea Panagra, al mismísimo Papá Noel. El gordito y feliz personaje salió a saludar a su multitudinario público precedido por cuatro jinetes sin Apocalipsis.

Finales de los cincuenta, tiempos cuando los “parques infantiles” se popularizaron en Lima. Ese año, la esposa del presidente Manuel Prado, Clorinda Málaga, como cabeza del Comité de Navidad del Niño Peruano, inauguró estos espacios públicos. La urbe se veía más divertida, amigable a la ciudadanía.

A esa costumbre de aprovechar el feriado navideño en familia, también se sumarían las visitas al Parque de las Leyendas y el darse un chapuzón en las playas de la Costa Verde.

Aquel arbolito

Ya para mediados del siglo XX, el arbolito tomaba lugar en las costumbres de la Pascua peruana, igual que el barbudo de traje rojo, “de moda” en todas las publicidades de los periódicos de aquel entonces.

Otra costumbre de aquellos días de diciembre, cuando nos volvemos almas caritativas, era la repartición de “aguinaldos” en asilos, pabellones infantiles de hospitales y para los niños pobres. El término no tenía ligazón pecuniaria sino se refería solo a dar regalos a “los más necesitados”.

Los niños de aquel entonces no pedían artilugios tecnológicos (asuntos de ciencia ficción para esos años) sino pelotas “Lolo”, trompetas, tanques de plástico, soldaditos.

Papá Noel se ponía las botas a la loca, tomaba su pasaporte y partía el 24 por la mañana, presuroso, rumbo a Chile y Argentina.

En cómodas cuotas

Mi abuelo Sergio –que me lee con conexión wi-fi junto a San Pedro– se emocionaba y se adeudó alguna vez para sacar “en cómodas cuotas mensuales” un televisor “de consoleta” National en Arpesa. Te lo llevabas con la cuota inicial, para pagarlo cada quincena. ¿Quién no lo hacía en el Perú de los setentas, tiempos pretarjeta de crédito?

Aunque las tiendas Tía y Epsa ya hacían su espacio, los triciclos y bicicletas tenían su punto de oferta en la avenida Arenales (no pregunten la cuadra porque suena a ‘cherry’).

Nicomedes Santa Cruz escribía sus décimas en La Nueva Crónica. Tiempos también de coliseos donde convivían en armonía de arrabal catchascán y música andina; cuando la publicidad navideña no cambiaba cada año y el holandés Johan Cruyff era el mediocampista del momento en el planeta fútbol.

Mundo en guayaberas

En el Perú de los tiempos del “chino” Velasco, había “ferias de camisas” (hoy tenemos el emporio Gamarra); los hombres estrenaban para estas fechas de fin de año guayaberas Apholos de “poliéster y algodón inarrugables”, de wash and wear.

Los jóvenes de aquel entonces soñaban con que les regalasen “grabadoras de casetes”. El formato de cinta buscaba su nicho de mercado y recién en la década siguiente lograría hacer del elepé y los discos de 45 R.P.M., una canción del ayer.

En la Navidad de 1973, la noticia fue que el mundo celebraba una “Nochebuena sin guerra” y alguien se llevó los 15 millones de soles en la famosa Lotería de Navidad. La de 1977 debió de ser la mejor en mi casa, pero no en el mundo: ese 25 de diciembre, “el granujita” Charles Chaplin fallecía y sus películas reemplazaron la programación habitual de pesebres y niños dioses.